Desde el Meteorito B612
Esa guerra “light”
De la guerra en Guatemala recuerdo la tensión de mis padres en forma borrosa, en forma de sensaciones durante los golpes de Estado. Recuerdo el estallido del polvorín en la Zona Militar 17-15; recuerdo a mis padres decir, y repetirnos constantemente, que lo hablado en la casa no debía repetirse en otra parte. Sólo eso recuerdo porque viví en el casco urbano de Xela, en un grupo social acomodado y porque sencillamente fui afortunado por azar.
Al mismo tiempo que tenía esas sensaciones jugaba a bautizar mu-ñecos con agua y sal llenando el corredor; enterraba en el jardín pajaritos muertos con mis hermanos; le gritaba a la dueña de la casa que pusiera balcón, porque podía caerse del segundo nivel; corría detrás de mi hermano en su “Big Wheel”, y veía con aflicción la vida de Candy. En esos momentos otros niños veían a la muerte con rostro de militar, de guerrillero o de algún grupo desconocido.
A esa edad nunca hubiera podido imaginar que en otras zonas muchos niños y niñas habían sentido el golpe más desgarrador de la guerra.
En mi mente no existía esa violencia cruel del torturador preparado para matar, no pasaba por mi mente que otros de mi edad sentían la muerte desde el plano más macabro, abrazándola sin opción; veían a sus familiares ser abusados una y otra vez, a sus hermanas de cualquier edad ser violadas y asesinadas sin reparo, sin remordimiento, como un juego desvergonzado de un grupo con poder, sosteniendo las armas y la violencia.
Desde que nací en 1979 a 1988, según un informe que realizó el Grupo de Apoyo Mutuo, GAM, publicado en el 2000, hubo 1 mil 14 masacres de un total de 1,112 que se contabilizó durante toda la guerra. Del total el ejército perpetró, según su reporte, el 94.06% de ellas, la guerrilla el 4.14% y desconocidos el 1.80%. En todas ellas posiblemente había niños y niñas que presenciaron la danza horrible de la guerra de dos bandos sin escrúpulos.
Los niños y niñas que vivieron la guerra en carne propia, hoy tienen mi edad, rondarán entre los treinta y los cuarenta años. Y así como yo tengo sensaciones “light” de esa guerra, ellos tendrán las suyas a mayor escala.
Las personas como yo o las nuevas generaciones urbanas, ni siquiera podemos imaginar ese dolor y esta es la razón por la que se está quedando en el olvido la historia social de estos niños.
Por ello estamos, como sociedad, condenados a seguir el mismo camino de la violencia, masacres, desapariciones forzadas y el asesinato a los débiles o a los que hablan más de la cuenta.
Cuando por fin nuestra sociedad comprenda que esos niños y niñas necesitan recuperase, necesitan saber la verdad acerca de sus verdugos, sin importar el bando y necesitan sanar las heridas emocionales, podremos empezar a reconstruir Guatemala, de lo contrario seguiremos repitiendo, como está sucediendo ahora, la estúpida historia de horror que tuvimos durante 36 años.
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